
Posted: 21 Jun 2011 12:30 AM PDT
Hace pocos días, tuvimos la oportunidad de disfrutar de un eclipse de luna. Durante un par de horas, la sombra de la Tierra envuelve a su satélite en su totalidad. En la fase de totalidad, la luna es escasamente visible. Esperando una luna negra, o cuando menos gris oscuro, quizá a más de uno le sorprendiese la tonalidad marrón-rojiza que presentaba nuestro satélite.
Eso se debe a la presencia de partículas en suspensión atmosférica. Cuando la Luna o el Sol se encuentran muy bajos en el horizonte, suelen presentar una coloración rojiza. En esos momentos, sus rayos atraviesan una cantidad mayor de partículas de diverso tipo: humo de incendios, polvo de cuencas desérticas, sales marinas del océano. Dependiendo del gusto de cada uno, puede resultar una visión muy poética… o no. Una vez, mi esposa me preguntó por el origen de esa hermosa capa de color marrón que se veía en el horizonte. Tuve la torpeza de responderle la verdad. No ha vuelto a preguntarme más sobre Física.
Cuando la Tierra se ha visto sacudida por erupciones volcánicas, el efecto de luna o sol rojos es perceptible incluso cuando éstos se encuentran lejos del horizonte. Últimamente no salimos de sustos, y cuando un volcán se duerme en Islandia, otro se despierta en Sudamérica. Las partículas grandes se depositan rápidamente en el suelo, pero las más pequeñas, inferiores en tamaño a una micra, llegan hasta las capas altas de la atmósfera, donde pueden permanecer meses o incluso años. Si son lo bastante pequeñas, entra en acción la llamada dispersión de Rayleigh, cuyo resultado es una mayor difusión de la luz en longitudes de onda cortas a favor de las de onda larga. Dicho en román paladino: la luz azul se dispersa en otras direcciones, y la que alcanza nuestros ojos tiene una mayor proporción de luz roja. Por eso vemos atardeceres rojos y cielos azules.
Sin embargo, en ocasiones la situación es justo la opuesta: la luz roja se hace a un lado, haciendo que sol y luna adquieran un hermoso color azul.
Una de las primeras referencias sobre este fenómeno proviene del historiador romano Plutarco. El año 44 antes de Cristo, una erupción del volcán Etna cubrió el cielo de Roma con tonalidades rojas. Al cabo de cierto tiempo, el polvo de la atmósfera se sedimentó y pudo verse claramente un sol azul. En diversas ocasiones se observaron asimismo soles azulados, debidos a erupciones volcánicas. El acontecimiento más espectacular, ampliamente documentado, tuvo lugar en 1883, con motivo de la erupción del volcán Krakatoa. Las crónicas de la época nos dicen que el sol se veía de color azul.
Más extraño aún fue el suceso del Cotopaxi en 1880: la erupción de ese volcán permitió ver brevemente un impresionante sol verde. Digno de la mejor película de ciencia-ficción.
En época más reciente, una serie de grandes incendios forestales en Alberta (Canadá) en septiembre de 1950 originó un sol azul, claramente visible no solamente en Norteamérica, sino en Irlanda e Inglaterra, donde las partículas de humo llegaron unos días después.
Y el 19 de abril de 1991, un grupo de científicos a bordo de un avión de observación de la NASA tuvieron la fortuna de observar y fotografiar un sol azul sobre Nuevo México (EEUU)
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